Se dice que el orgullo humano se ha llevado tres grandes varapalos: el primero lo propinó Copérnico con su toría heliocéntrica. Hasta entonces la Tierra había sido el centro indiscutible de todo el universo conocido; embebidos que estábamos de aquella soberbia astronómica la idea de que nuestro planeta ocupaba una posición excéntrica era descorazonadora, tanto que la nueva cosmovisión fue rápidamente demonizada. El segundo golpe vino a darlo Darwin al demostrar el verdadero origen de las especies. El homo sapiens, según su obra magna, resultaba ser uno de tantos productos del devenir biológico, azaroso y ciego, que llamamos evolución. Pero, por lo visto, sabernos criaturas de Dios resulta más confortante que aceptar nuestra subordinación a la inmisericorde vorágine de la supervivencia. La reacción contra el evolucionismo, como cabía esperar, fue muy dura, y a Darwin no le faltaron enemigos durante el resto de sus días. Luego vino Freud, y arremetió contra la conciencia, el principal subterfugio de la libertad, así, toda su obra se aplica en demostrar que el "yo" no es más que una frágil balsa sobre el turbulento subconsciente. Y por si fuera poco ahora llegan los neurofisiólogos asegurando que aquello que llamamos alma o sujeto no es más que un entramado de complejas relaciones neuronales que necesariamente se sustenta en un cerebro vivo, y no solo eso, también argumentan que lo que se conoce como bien común no es más que una imagen idealizada del bien propio.
La ciencia presenta pruebas, hipotéticamente irrefutables, que dan por tierra con nuestras grandes esperanzas. Somos mortales, sí, pero es que ni siquiera nos queda el altruismo o una supuesta voluntad desinteresada para consolarnos. Tampoco podemos mirar a los demás animales por encima del hombro, como solíamos, ni contemplar las estrellas con confianza. Si acaso aún nos quedase la libertad, o el amparo divino... pero también han sido desmentidos. Todos somos testigos, y víctimas, de los estragos que provoca el materialismo vulgar y ese relativismo superficial propugnado por perezosos mentales y cenizos, pero también podemos escuchar las voces, todavía ilusionadas, de muchos hombres y mujeres que, dispuestos a levantar ideales nuevos, se preguntan: ¿Y ahora qué?
A la raza humana nunca le han faltado razones para el optimismo, hoy no va a ser menos. Siempre ha habido quienes, en medio de terribles apagones existenciales, han sabido encontrar una luz nueva hacia la que guiar a sus semejantes. Desde luego, siempre es más facil sentarse y lloriquear esperando a que alguien la encienda, pero eso no arregla nada. Debemos aceptar que los valores son mutables, y que nosotros nos transformamos con ellos, la resitencia al cambio, que en definitiva no es más que miedo a lo desconocido, no justifica la desesperanza. "La suerte es de los audaces", decía un famoso latino cuyo nombre no recuerdo. Es cierto: la humanidad avanza cuando confía los pasos a sus exploradores, no sólo a aquellos que abren nuevas rutas espaciales, también a quienes se aventuran a cruzar las fronteras del saber y la moral. Lo que hoy sabemos de nosotros mismos es el legado de esos seres excepcionales, y de otros que supieron consolidarlo y transmitirlo, es el resultado de un proceso accidentado y a menudo sangriento, no debemos despreciarlo. Sobran prejuicios timoratos a la hora juzgar el nuevo conocimiento, un conocimiento que, por otra parte, posee raices inveteradas. Atrevámonos de una vez a ser honestos.
El verdadero reto consiste en integrar socialmente lo que sabemos sin perjudicar nuestras prácticas comunes y las instituciones que de ellas se derivan. Si bien ciertas creencias, hoy renqueantes, contribuyeron a apuntalarlas, no hay por qué temer que se desplomen sin su apoyo. Fueron necesarias, sí, para levantar el mundo que conocemos, pero ahora éste bascula sobre su propio eje, ¿por qué íbamos a necesitarlas? Ante esta sola idea es muy común que se desate el temor de quienes no sabrían prescindir de ellas, y el resultado es de sobra conocido: el fanatismo. Por ejemplo, hay quien está convencido de que abolidos Dios, su perdón y su pecado, el hombre se convierte en un ser miserable que pierde para siempre el norte de su vida. ¿Pero acaso no sabemos encontrar nuevos horizontes?
Ésta, creo yo, debe ser la labor conjunta de científicos y filósofos: encajar el golpe, revalorizar lo humano. No podemos permitir que se salgan con la suya quienes aseguran, a fuerza de miedo, que el precio del autoconocimiento es nuestra dignidad.
