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La lechuza

...El ave de Minerva alza su vuelo al atardecer... (Una visón crítica de la sociedad Contemporánea)

Categoría: Rafael Dawid de Vera

26 Octubre 2006

¿Por qué no utilizo el ascensor?

A veces pensamos que el secreto de la felicidad es patrimonio exclusivo de unos pocos elegidos, o que consiste en una misteriosa ecuación matemática que los científicos nos confiaran algún día; entonces, suspirando desencantados y dejando nuestra esperanza en vilo, volvemos a nuestros quehaceres cotidianos convencidos de que un problema de tan alto rango no nos atañe en absoluto. Sin embargo, la clave de la dicha se encuentra en nuestras decisiones más triviales. En utilizar las escaleras en lugar del ascensor, por ejemplo. Con esto no quiero restarle mérito al invento del señor Otis (creo que así se apellidaba), que sin duda es de gran ayuda a quienes viven en las alturas, a los disminuidos físicos y a la gente con prisa, sino llamar la atención sobre la importancia que las virtudes desempeñan en el logro de la vida buena. A primera vista parecerá una tontería que en nimiedades como ésta nos juguemos algo tan importante: si analizamos la cuestión más de cerca nos daremos cuenta de que no es así.
La relación entre virtud y felicidad es algo que se viene tratando desde la Antigüedad, y fue Aristóteles quien dio entonces su más plausible explicación. Desde luego, nada tiene que ver la “eudaimonía” que trató el Estagirita con el ideal postmoderno del bienestar. Éste es eminentemente pasivo, mientras que aquella exige la actualización y plenitud de todas las facultades humanas. Así, para el filósofo griego, la felicidad consiste en la perfección que resulta de vivir conforme a las virtudes (templanza, fortaleza, prudencia, sabiduría…), puesto que éstas explotan al máximo las cualidades constitutivas de nuestra naturaleza animal-racional. La "eudaimonía" no es el resultado de una actividad, como puede serlo el placer, sino que estriba en una actividad específica, concretamente en aquella que nos hace ser mejores hombres y mujeres. Tal actividad es relativa a las circunstancias: no son las mismas perfecciones, por ejemplo, las que exige la guerra y las que demanda el cuidado del hogar. La virtud a la que aquí nos referimos no es aquella que defendían los héroes románticos en sus lances de honor, que era más bien una especie de galón o emblema. Aristóteles la describe como “una disposición a obrar rectamente”, entendiendo por “rectitud” la índole moral de la acción así como la integridad del apetito al que obedece (su adhesión al dictamen de la voluntad).
Imaginemos que el aula en la que solemos dar clase se encuentra en la segunda planta de un edificio. Podemos llegar hasta ella en elevador o por una escalinata. Claramente lo primero es lo más cómodo, ¿pero eso implica que indefectiblemente sea lo mejor? Por supuesto que no. Ahora alguien me dirá: “La técnica nos ha bendecido con un don, ¡tomémoslo!”, o “subir escalones me da pereza”. Entonces yo respondería, no sin cierta ingenuidad, que de no existir los ascensores tal vez todos seríamos menos perezosos y el mundo marcharía algo mejor. Recordemos que la virtud es una disposición: si ante las pequeñas dificultades claudicamos (en este caso condenándonos por unos instantes a una minusvalía voluntaria) no podremos jamás enfrentarnos a las mayores. Si nos acostumbramos a subir 60 escaleras cuatro veces al día puede que a las cuatro de la tarde nos dé menos reparo comenzar a estudiar. Si esto es así probablemente seamos capaces de realizar el esfuerzo mental que supone leer (y disfrutar) a un gran autor, lo cual, a su vez, puede ayudarnos a soportar mejor los pequeños sacrificios a los que nos aboca nuestra condición social (relaciones profesionales, amor, amistad…), y así sucesivamente. Nuestros mayores logros dependen de que seamos capaces de franquear nuestros pequeños límites.
¿Ir hasta la Facultad andando o en coche? Son, digamos, veinte minutos a pie. Pues bien, muchos preferirán gastarse el dinero en gasolina o en el autobús antes que perder el tiempo dando un paseo. Pero ¿realmente estaríamos desperdiciando esos veinte minutos? Lo que ocurre es que este mundo, donde cada vez todo va más deprisa, nos exige que aceleremos el ritmo, precisamente haciéndonos creer que no tenemos tiempo, y muchas veces soslayando los aspectos más importantes de la vida a favor de lo superfluo. ¿Es que acaso no compensa hacer un poco de ejercicio y despejar la cabeza antes de ir a clase? Una persona ejercitada en la paciencia sabrá disfrutar del camino que separa la Facultad de su casa, y el tiempo que dedique a ir de una a otra no le parecerá infructuoso, pero no sólo eso, también sabrá aprovechar mejor que el impaciente los pequeños y grandes lapsos que incidan en su vida. La diferencia entre el primero y el segundo reside en una cuestión de actitud, y también de empeño.
De lo que aquí se trata es de saber esperar, algo que no se fomenta para nada en esta cultura de la urgencia y la celeridad que nos rodea. Todos tenemos muchos objetivos, pero lo que prima no es mejorar nuestra calidad humana mediante su desarrollo, sino verlos cumplidos cuanto antes, y si puede ser sin esfuerzo mejor. Basta asistir a una sesión publicitaria para advertirlo. Sin embargo, lo realmente valioso no es tanto alcanzar el fin propuesto como la virtud que podemos conseguir en el camino. Nuestros intereses cambian con frecuencia, nuestras posesiones vienen y van, pero la virtud nos acompaña siempre, es un bien interior.
Nuestro error consiste en identificar lo placentero con lo bueno de forma sistemática, y no es extraño, pues por todas partes nos abordan mensajes que nos invitan a tomarnos las cosas con calma y a disfrutar sin medir las consecuencias. Somos víctimas de una especie de neurosis hedonista: ya no creemos en el valor del esfuerzo. "Pasarlo bien" se ha convertido en una meta universal y el mercado nos ofrece todo tipo de comodidades y productos para el ocio. El placer nos obsesiona y, paradójicamente, sucede que cuanto más nos obcecamos en su búsqueda más nos incapacitamos para sentirlo, con lo que aumenta nuestra frustración.
La postura que mantiene Aristóteles a este respecto es de lo más reveladora: el gozo es la recompensa natural al esfuerzo realizado por una facultad que ha desempeñado de modo adecuado su correspondiente tarea. ¿Qué ocurre si insistimos demasiado sobre dicha facultad para obtenerlo? Sencillamente, que se estraga y se inutiliza para el placer, de modo que resulta aún más difícil obtenerlo. La voluptuosidad no sólo puede resultar moralmente ruinosa, sino también físicamente perjudicial. Esta posición es exacerbada por Schopenhauer, que considera que el dolor es un principio positivo y creador y el placer un síntoma de debilitamiento nervioso. Puede que el filósofo alemán exagerara, pero lo que está claro es que el abuso continuado del deleite y el confort nos acaba agotando. Ahora yo me pregunto si no tendríamos más arrestos en caso de que el progreso no nos hubiera ofrecido una vida tan fácil.
A mi juicio que la Industria, con todos sus ingenios, no es ni mucho menos la gran benefactora de la Humanidad, pues muchos de los lujos con que colma las sociedades “avanzadas” contribuyen a embrutecer la condición humana, mermando nuestras fuerzas y truncando el desarrollo de las virtudes que hacen posible la verdadera felicidad. Atrevámonos a prescindir de ese lastre de comodidades innecesarias que nos encadenan y a vivir en pie de guerra contra la molicie y el hastío. Sirvámonos de nuestros propios medios, ¡abajo el ascensor!

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21 Octubre 2006

Peligros de Internet

Ya comentaba en mi artículo de esta semana que Internet, además de ser una herramienta útil y una diversión amena, es un terreno muy peligroso. A estas alturas ya lo sabemos todos, pero por si acaso allá van algunas noticias relacionadas con el asunto:

El Mundo.es "Epidemia de timidez"

El Mundo.es "Un estudiante de 17 años estafa más de un millón de euros en un sitio financiero de Internet"

El País.es (bajo suscripción) "Los expertos alertan de la adicción a Internet"

El País.es (bajo suscripción) "E.E.U.U. propone prohibir el juego de azar y las apuestas por Internet"

¡Saludos a todos!

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21 Octubre 2006

Mensajes embotellados


La comunicación cara a cara supone un esfuerzo doble. Por un lado debemos estar dispuestos a sostener la mirada de un ser humano, a aceptar un más allá que nos interpela y nos escucha, que nos acepta o nos rechaza. En definitiva: nos vemos obligados a dilatar los lindes de nuestra intimidad para acoger en ellos, al menos durante un tiempo, a otra persona, lo cual a veces puede resultar incómodo e incluso doloroso, pues no siempre estamos dispuestos a aceptar la presencia de extraños en un lugar que hemos acomodado específicamente para nosotros mismos. Por otra parte suele decirse (ya es todo un tópico) que los ojos de nuestro interlocutor son un espejo vivo, aunque distorsionado, que refleja lo que somos. En él parecen adivinarse nuestras virtudes y defectos, nuestros deseos y nuestros miedos. Sea como fuere, al confrontarnos con los demás, especialmente por medio del diálogo, aquello que creemos ser se agolpa de pronto ante nosotros, oscilante, pendiente de las reacciones del otro, dispuesto en cualquier momento a dar un giro inesperado que puede derribar de un bandazo nuestra molesta o endiosada identidad. Y éste, como muchos sabemos, es un riesgo que cuesta asumir, especialmente si ya nos hemos habituado a los rígidos límites del consabido “yo soy así” marcados a fuerza de cobardía. Pues bien, son estas y otras torpezas las que nos inculcan las pautas individualistas de la mullida sociedad de consumo y las que nos inculcamos nosotros porque nos da la gana, de modo que a veces nos da la sensación de que en el “tú a tú” estamos abocados irremediablemente a la superficialidad.
Todo esto viene a propósito de la increíble proliferación que durante los últimos diez años han experimentado en la Red los medios de correspondencia impersonales. Es un ámbito en el que domina la confusión, poblado de mentiras, y por supuesto, de mentirosos. Y es que a los farsantes les resulta más sencillo engañar cuando no tienen delante a sus víctimas, pues de esta manera se sienten menos responsables del daño que hacen. Así encontramos en muchos “chats” a individuos que, protegidos por el anonimato o resguardados por falsas identidades, reconstruyen su vida, confabulan, rastrean el cariño que no han sabido recibir o comparten información que no se atreverían a reconocer ante los demás. Internet, aparte de ser el medio de todo tipo de pillos y viciosos, se ha convertido además en el refugio y “desahogadero” de quienes, por miedo o por vergüenza, no se atreven a entablar una relación directa con sus semejantes. Surgen entonces patologías paradójicas: personas que se arrinconan en sus habitaciones frente a la computadora durante días porque aborrecen la soledad y, sin embargo, no se atreven a darse a conocer de otro modo.
Este mal que aqueja la Web (en realidad un problema que únicamente afecta a ciertos hombres y mujeres) se adivina también en algunos blogs. Lo que escribimos en ellos no va dirigido a nadie en particular, y aunque recibimos comentarios, entre nosotros y nuestros lectores no se establece un verdadero diálogo, pues algo así requeriría la presencia de ambas partes, y por tanto la puesta en juego de las variables que dan lugar a la auténtica comunicación humana. Solo para empezar, y como ya decía Platón , a la palabra escrita no se la puede cuestionar. Las frases que se acumulan al pie de nuestros artículos no nos miran, tampoco gesticulan, no pueden defenderse. Me asombra que a pesar de todo esto haya gente que, por desgracia, sólo se atreva a expresar sus verdaderas inquietudes a través de los blogs. Lo digo porque estos días he estado pululando por la blogosfera y en muchas bitácoras escuché el grito hermético de un naúfrago que ansiaba ser salvado. Cada vez estamos más solos. ¿Cómo puede ser que prefiramos confiar nuestras miserias y esperanzas a cualquier internauta antes que a nuestro propio prójimo? ¿Es que desconocemos igualmente tanto a uno como a otro? ¿Por qué optamos por dirigirnos hacia la inexpresiva pantalla de un ordenador en vez de hacia un rostro humano? Porque, como vengo diciendo, lo primero es mucho más cómodo que lo segundo. Yo sólo espero, en fin, que no me esté pasando a mí lo mismo.

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Pamplona, España
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La lechuza se eleva sobre las copas de los árboles mientras la noche se extiende bajo sus alas. Sus penetrantes ojos, a salvo ya de los fulgores del sol, son capaces de apreciar el paisaje en su conjunto. No hay detalle que escape a su mirada. En este blog se busca una "visión de altura" de la sociedad y la cultura en la que vivimos para profundizar mejor en sus problemas. Os invitamos a que ascendáis con nosotros...

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