Mensajes embotellados

La comunicación cara a cara supone un esfuerzo doble. Por un lado debemos estar dispuestos a sostener la mirada de un ser humano, a aceptar un más allá que nos interpela y nos escucha, que nos acepta o nos rechaza. En definitiva: nos vemos obligados a dilatar los lindes de nuestra intimidad para acoger en ellos, al menos durante un tiempo, a otra persona, lo cual a veces puede resultar incómodo e incluso doloroso, pues no siempre estamos dispuestos a aceptar la presencia de extraños en un lugar que hemos acomodado específicamente para nosotros mismos. Por otra parte suele decirse (ya es todo un tópico) que los ojos de nuestro interlocutor son un espejo vivo, aunque distorsionado, que refleja lo que somos. En él parecen adivinarse nuestras virtudes y defectos, nuestros deseos y nuestros miedos. Sea como fuere, al confrontarnos con los demás, especialmente por medio del diálogo, aquello que creemos ser se agolpa de pronto ante nosotros, oscilante, pendiente de las reacciones del otro, dispuesto en cualquier momento a dar un giro inesperado que puede derribar de un bandazo nuestra molesta o endiosada identidad. Y éste, como muchos sabemos, es un riesgo que cuesta asumir, especialmente si ya nos hemos habituado a los rígidos límites del consabido “yo soy así” marcados a fuerza de cobardía. Pues bien, son estas y otras torpezas las que nos inculcan las pautas individualistas de la mullida sociedad de consumo y las que nos inculcamos nosotros porque nos da la gana, de modo que a veces nos da la sensación de que en el “tú a tú” estamos abocados irremediablemente a la superficialidad.
Todo esto viene a propósito de la increíble proliferación que durante los últimos diez años han experimentado en la Red los medios de correspondencia impersonales. Es un ámbito en el que domina la confusión, poblado de mentiras, y por supuesto, de mentirosos. Y es que a los farsantes les resulta más sencillo engañar cuando no tienen delante a sus víctimas, pues de esta manera se sienten menos responsables del daño que hacen. Así encontramos en muchos “chats” a individuos que, protegidos por el anonimato o resguardados por falsas identidades, reconstruyen su vida, confabulan, rastrean el cariño que no han sabido recibir o comparten información que no se atreverían a reconocer ante los demás. Internet, aparte de ser el medio de todo tipo de pillos y viciosos, se ha convertido además en el refugio y “desahogadero” de quienes, por miedo o por vergüenza, no se atreven a entablar una relación directa con sus semejantes. Surgen entonces patologías paradójicas: personas que se arrinconan en sus habitaciones frente a la computadora durante días porque aborrecen la soledad y, sin embargo, no se atreven a darse a conocer de otro modo.
Este mal que aqueja la Web (en realidad un problema que únicamente afecta a ciertos hombres y mujeres) se adivina también en algunos blogs. Lo que escribimos en ellos no va dirigido a nadie en particular, y aunque recibimos comentarios, entre nosotros y nuestros lectores no se establece un verdadero diálogo, pues algo así requeriría la presencia de ambas partes, y por tanto la puesta en juego de las variables que dan lugar a la auténtica comunicación humana. Solo para empezar, y como ya decía Platón , a la palabra escrita no se la puede cuestionar. Las frases que se acumulan al pie de nuestros artículos no nos miran, tampoco gesticulan, no pueden defenderse. Me asombra que a pesar de todo esto haya gente que, por desgracia, sólo se atreva a expresar sus verdaderas inquietudes a través de los blogs. Lo digo porque estos días he estado pululando por la blogosfera y en muchas bitácoras escuché el grito hermético de un naúfrago que ansiaba ser salvado. Cada vez estamos más solos. ¿Cómo puede ser que prefiramos confiar nuestras miserias y esperanzas a cualquier internauta antes que a nuestro propio prójimo? ¿Es que desconocemos igualmente tanto a uno como a otro? ¿Por qué optamos por dirigirnos hacia la inexpresiva pantalla de un ordenador en vez de hacia un rostro humano? Porque, como vengo diciendo, lo primero es mucho más cómodo que lo segundo. Yo sólo espero, en fin, que no me esté pasando a mí lo mismo.


Leticia dijo
Bueníiiiiiiiiiisimo post.
Yo creo que en el fondo seguimos siendo unos románticos. Esa necesidad de "esconderse" detrás de un "nick", de ser escuchados, de ser comprendidos, incluso de hacer "trastadas" más o menos odiosas.
El mundo parece que cada vez es más frío y más rápido, los nuevos modelos de comunicación (móviles y demás) nos exigen unas velocidades para las que yo creo que no todos estamos preparados. Pero nuestros sentimientos siguen siendo los mismos.
Luego hay mucho miedo al otro, lo que decías, a "lo otro". Son personas incapaces de entablar un verdadero "diálogo", para las que no existe la "libertad de expresión y de opinión", sino sólo la de "su opinión". Personas frágiles, aún sin identidad, yo creo que escriben para saber quiénes son.
Y perdón que me he enrrollado...
21 Octubre 2006 | 04:48 PM