¿Por qué no utilizo el ascensor?

A veces pensamos que el secreto de la felicidad es patrimonio exclusivo de unos pocos elegidos, o que consiste en una misteriosa ecuación matemática que los científicos nos confiaran algún día; entonces, suspirando desencantados y dejando nuestra esperanza en vilo, volvemos a nuestros quehaceres cotidianos convencidos de que un problema de tan alto rango no nos atañe en absoluto. Sin embargo, la clave de la dicha se encuentra en nuestras decisiones más triviales. En utilizar las escaleras en lugar del ascensor, por ejemplo. Con esto no quiero restarle mérito al invento del señor Otis (creo que así se apellidaba), que sin duda es de gran ayuda a quienes viven en las alturas, a los disminuidos físicos y a la gente con prisa, sino llamar la atención sobre la importancia que las virtudes desempeñan en el logro de la vida buena. A primera vista parecerá una tontería que en nimiedades como ésta nos juguemos algo tan importante: si analizamos la cuestión más de cerca nos daremos cuenta de que no es así.
La relación entre virtud y felicidad es algo que se viene tratando desde la Antigüedad, y fue Aristóteles quien dio entonces su más plausible explicación. Desde luego, nada tiene que ver la “eudaimonía” que trató el Estagirita con el ideal postmoderno del bienestar. Éste es eminentemente pasivo, mientras que aquella exige la actualización y plenitud de todas las facultades humanas. Así, para el filósofo griego, la felicidad consiste en la perfección que resulta de vivir conforme a las virtudes (templanza, fortaleza, prudencia, sabiduría…), puesto que éstas explotan al máximo las cualidades constitutivas de nuestra naturaleza animal-racional. La "eudaimonía" no es el resultado de una actividad, como puede serlo el placer, sino que estriba en una actividad específica, concretamente en aquella que nos hace ser mejores hombres y mujeres. Tal actividad es relativa a las circunstancias: no son las mismas perfecciones, por ejemplo, las que exige la guerra y las que demanda el cuidado del hogar. La virtud a la que aquí nos referimos no es aquella que defendían los héroes románticos en sus lances de honor, que era más bien una especie de galón o emblema. Aristóteles la describe como “una disposición a obrar rectamente”, entendiendo por “rectitud” la índole moral de la acción así como la integridad del apetito al que obedece (su adhesión al dictamen de la voluntad).
Imaginemos que el aula en la que solemos dar clase se encuentra en la segunda planta de un edificio. Podemos llegar hasta ella en elevador o por una escalinata. Claramente lo primero es lo más cómodo, ¿pero eso implica que indefectiblemente sea lo mejor? Por supuesto que no. Ahora alguien me dirá: “La técnica nos ha bendecido con un don, ¡tomémoslo!”, o “subir escalones me da pereza”. Entonces yo respondería, no sin cierta ingenuidad, que de no existir los ascensores tal vez todos seríamos menos perezosos y el mundo marcharía algo mejor. Recordemos que la virtud es una disposición: si ante las pequeñas dificultades claudicamos (en este caso condenándonos por unos instantes a una minusvalía voluntaria) no podremos jamás enfrentarnos a las mayores. Si nos acostumbramos a subir 60 escaleras cuatro veces al día puede que a las cuatro de la tarde nos dé menos reparo comenzar a estudiar. Si esto es así probablemente seamos capaces de realizar el esfuerzo mental que supone leer (y disfrutar) a un gran autor, lo cual, a su vez, puede ayudarnos a soportar mejor los pequeños sacrificios a los que nos aboca nuestra condición social (relaciones profesionales, amor, amistad…), y así sucesivamente. Nuestros mayores logros dependen de que seamos capaces de franquear nuestros pequeños límites.
¿Ir hasta la Facultad andando o en coche? Son, digamos, veinte minutos a pie. Pues bien, muchos preferirán gastarse el dinero en gasolina o en el autobús antes que perder el tiempo dando un paseo. Pero ¿realmente estaríamos desperdiciando esos veinte minutos? Lo que ocurre es que este mundo, donde cada vez todo va más deprisa, nos exige que aceleremos el ritmo, precisamente haciéndonos creer que no tenemos tiempo, y muchas veces soslayando los aspectos más importantes de la vida a favor de lo superfluo. ¿Es que acaso no compensa hacer un poco de ejercicio y despejar la cabeza antes de ir a clase? Una persona ejercitada en la paciencia sabrá disfrutar del camino que separa la Facultad de su casa, y el tiempo que dedique a ir de una a otra no le parecerá infructuoso, pero no sólo eso, también sabrá aprovechar mejor que el impaciente los pequeños y grandes lapsos que incidan en su vida. La diferencia entre el primero y el segundo reside en una cuestión de actitud, y también de empeño.
De lo que aquí se trata es de saber esperar, algo que no se fomenta para nada en esta cultura de la urgencia y la celeridad que nos rodea. Todos tenemos muchos objetivos, pero lo que prima no es mejorar nuestra calidad humana mediante su desarrollo, sino verlos cumplidos cuanto antes, y si puede ser sin esfuerzo mejor. Basta asistir a una sesión publicitaria para advertirlo. Sin embargo, lo realmente valioso no es tanto alcanzar el fin propuesto como la virtud que podemos conseguir en el camino. Nuestros intereses cambian con frecuencia, nuestras posesiones vienen y van, pero la virtud nos acompaña siempre, es un bien interior.
Nuestro error consiste en identificar lo placentero con lo bueno de forma sistemática, y no es extraño, pues por todas partes nos abordan mensajes que nos invitan a tomarnos las cosas con calma y a disfrutar sin medir las consecuencias. Somos víctimas de una especie de neurosis hedonista: ya no creemos en el valor del esfuerzo. "Pasarlo bien" se ha convertido en una meta universal y el mercado nos ofrece todo tipo de comodidades y productos para el ocio. El placer nos obsesiona y, paradójicamente, sucede que cuanto más nos obcecamos en su búsqueda más nos incapacitamos para sentirlo, con lo que aumenta nuestra frustración.
La postura que mantiene Aristóteles a este respecto es de lo más reveladora: el gozo es la recompensa natural al esfuerzo realizado por una facultad que ha desempeñado de modo adecuado su correspondiente tarea. ¿Qué ocurre si insistimos demasiado sobre dicha facultad para obtenerlo? Sencillamente, que se estraga y se inutiliza para el placer, de modo que resulta aún más difícil obtenerlo. La voluptuosidad no sólo puede resultar moralmente ruinosa, sino también físicamente perjudicial. Esta posición es exacerbada por Schopenhauer, que considera que el dolor es un principio positivo y creador y el placer un síntoma de debilitamiento nervioso. Puede que el filósofo alemán exagerara, pero lo que está claro es que el abuso continuado del deleite y el confort nos acaba agotando. Ahora yo me pregunto si no tendríamos más arrestos en caso de que el progreso no nos hubiera ofrecido una vida tan fácil.
A mi juicio que la Industria, con todos sus ingenios, no es ni mucho menos la gran benefactora de la Humanidad, pues muchos de los lujos con que colma las sociedades “avanzadas” contribuyen a embrutecer la condición humana, mermando nuestras fuerzas y truncando el desarrollo de las virtudes que hacen posible la verdadera felicidad. Atrevámonos a prescindir de ese lastre de comodidades innecesarias que nos encadenan y a vivir en pie de guerra contra la molicie y el hastío. Sirvámonos de nuestros propios medios, ¡abajo el ascensor!


Jesús Baiget dijo
Me ha gustado mucho tu entrada, pero creo que exageras un poco. A mi modo de ver, la Industria no es la peor. Los verdaderos culpables somos sobre todo nosotros, y también la publicidad.
El hombre puede elegir qué hacer con un martillo: si lo emplea mal, no le des la culpa al herrero.
Los bienes que nos facilitan la vida son buenos siempre que los usamos correctamente, porque hacen que podamos dedicar más tiempos a cosas más importantes. El problema está en quien dedica su tiempo sólo a conseguir esos bienes.
Si fuerca correcto lo que dices, y en verdad tenemos que tirar las comodidades que nos facilitan una vida mejor, entonces vayamos nosotros mismos a cazar peces si queremos comer; vamos a convertirnos en agricultores si queremos verduras y frutas; olvidémonos de conservar los alimentos en la nevera; etc.
Saludos
26 Octubre 2006 | 02:29 PM