¿Apocalypse now?

Las selvas son sistemáticamente deforestadas, el agujero de la capa de ozono se dilata, se extinguen cientos de especies cada año, las temperaturas suben, nuestro planeta suda por los polos... En todas partes se levantan voces de alarma que no cesan de repetir la que se nos viene encima (huracanes, inundaciones, desertización...). Caso omiso: cobrar la nómina, pagar la hipoteca y encontrar una plaza de garaje nos importa más que salvar la Tierra, un asunto que nos parece demasiado abstracto y, por tanto, difÃcil de afrontar. Mamá Naturaleza (esa tierna idealización roussoniana) es ahora una viejecita tÃsica que agoniza bajo la mirada indiferente de sus nietos. ¿Cuántos "Katrinas" harán falta para que la humanidad se percate de que los elementos le han declarado la guerra?
Esta problemática actitud viene gestándose desde antiguo y parte, creo yo, de la visión antropocéntrica del universo heredada del Cristianismo. Según esta tradición el Orbe es criatura, y sólo merece veneración en tanto que es producto de la voluntad creadora de Dios. El hombre, que ocupa el pináculo de Su obra, puede disponer libremente de él como mejor le convenga. A medida que nos adentramos en la Modernidad, y la zanja entre razón y fe se ensancha, Dios se va distanciando de su Creación hasta el punto de dejarla desamparada. Aprovechando el interregno Descartes se declara descubridor del método que nos hará "dueños y poseedores de la Naturaleza". Puesto que ya no es necesario apelar a un Ser Supremo para decidir el futuro del mundo el hombre se erige en su señor. Las consecuencias de esta presunción son hoy manifiestas, y están causando mucho sufrimiento (¿innecesario?).
Por otra parte, la esperanza ilustrada en el progreso humano puso en entredicho nuestra filiación con el mundo natural. La raza humana, surgida del turbulento seno de Gea, debÃa domeñar los imperativos de la diosa y convertirla en su esclava, dando fin asà al secular imperio de la indigencia y el miedo. Después de tres revoluciones industriales y en plena era del desarrollo tecnológico debemos reconocer que nos hemos pasado de la raya, que el mismo orgullo que ha gestado nuestra próspera civilización puede ser el causante de su ruina. A estas alturas deberÃamos saber que las catástrofes medioambientales que nos acucian son el desquite del titán al que tuvimos la vanidad de encadenar.
Nuestra generación se ha criado en las ciudadades, y el campo le parece un lugar inhóspito y lejano. No puede ser de otra manera, puesto que el entorno urbano en el que se desarrolla nuestra experiencia cotidiana es la antÃtesis del reino salvaje. Aquà impera la ponderación y el orden, allà la inseguridad y el caos. Esta diferencia se patentiza en los materiales que configuran nuestros espacios y utensilios. El plástico, la loza, el acero y el vidrio (que requieren de tortuosos procesos fabriles) sustituyen en muchos casos a la madera, la piedra y la arcilla (que son materias más toscas y "ecológicas"). Vivimos en la cultura de lo sintético: hace falta ser un titulado en QuÃmica para hacerse una idea de qué vestimos y qué comemos. Dadas las circunstancias se hace muy difÃcil reconocer nuestra condición natural y, por tanto, nuestra intrÃnseca dependencia de un ecosistema cada vez más castigado. No somos capaces de medir la repercusión medioambiental de nuestros actos porque los lazos que nos vinculan a la Tierra están deshechos. La culpa la tiene un inveterado talante existencial que es preciso comenzar a corregir.
Debemos olvidar el adagio cartesiano y concienciarnos de que el hombre no ha traspasado todavÃa las fronteras de la Naturaleza. Ella no forma parte de nosotros, sino que nosotros somos parte integrante de ella, nos subsume. Cada vez que encendemos el motor de un coche, desperdiciamos agua o tiramos una pila al mar estamos determinando nuestro porvenir, que está fatalmente ligado al destino de nuestra patria celeste. Hemos de devolverle al universo, a la vida y a sus leyes, su vieja condición sagrada, reverenciar sus misterios insondables como se hizo en tiempos premodernos. Hoy más que nunca se hace imprescindible recordar (como reza el Génesis) que nuestro origen es el barro, y que el barro es también nuestro medio de subsistencia. Si olvidamos que nuestro bello (y terrible) planeta azul ha sido nuestra cuna, es muy probable que también se convierta en nuestra tumba.
El Mundo.es/Magazine "Asustados por el cambio climático"
El Mundo.es "El cambio climático acelera la evolución de las especies"
El Mundo.es "ONG, sindicatos y consumidores se unen en la lucha contra el cambio climático"


Borja dijo
Rafa... estoy de acuerdo contigo en todo lo que dices. Pero, y aunque sé que no es el hilo central del discurso y que es una objeción nimia, no puedo dejar de advertir que crees que el mundo de la civilización, el que conforma el territorio urbano, domina la "ponderación y el orden", mientras que en el natural reina "la inseguridad y el caos".
A mi entender la ciudad, abusando del tópico, es una selva. No hay orden ni concierto. Todo es una locura. Todos corriendo de aquà para allá. Todos arremetiendo contra todos... La ley del más fuerte predomina, el que no pueda con el mundo mejor que se quede en casa, porque en menos de lo que canta un gallo habra sido pisoteado por gente que se hace llamar "ambiciosa". Parece claro que el Superhombre de Nietzsche campa a sus anchas por nuestra sociedad, que poco a poco, como tú y otros muchos más advierten, se ve abocada al esplendor de la decadencia.
Enlaces:
http://www.e-torredebabel.com/Historia-de-la-filosofia/Filosofiac...
5 Noviembre 2006 | 02:51 AM