La plaga silenciosa de nuestro siglo

El tiempo lo cura todo y a veces, lo borra. Los hombres, tan arrogantes, queremos ignorar este hecho. Creemos no tener límites y por ello no somos capaces de aceptar la muerte. Nos aferramos a la vida por encima de todo.
Pero la vejez no perdona, aunque estemos rodeados de cojines blandos que amortigüen las caídas. Aunque reparemos nuestros huesos rotos una y otra vez. Aunque no nos movamos por miedo a hacernos daño y tratemos de ser inmortales. El tiempo es feroz e implacable. Cuanto más duramos, más lenta y triste es nuestra desaparición. La memoria se resiente y se desvanece. Nuestros recuerdos se esfuman. Las horas felices que evocábamos se disuelven. Lo que hemos sido y lo que somos se pierde, porque conocernos es recordarnos.
Cuando nuestra memoria huye, quedan experiencias en blanco, vacíos vitales. Olvidamos a quienes nos quieren, a quienes nos odian y a los que siempre estuvieron ahí. Olvidamos lo que somos y cómo somos, porque nuestras alegrías, fallos, logros y penas se evaporan. Nos extinguimos poco a poco, sumiéndonos en el abismo de la nada. Con el tiempo, olvidamos hasta el pánico que el olvido produce. Entonces, nos desprendemos de nosotros mismos y nos vemos atados a un desconocido. Quedamos encerrados en un cuerpo que ni siquiera podemos manejar.
Hoy se cumplen cien años desde que el médico alemán, Alois Alzheimer, diagnosticó el primer caso de esta enfermedad. Alzheimer estudió el cerebro de una mujer de 51 años, Aguste D., que había ingresado en el llamado Palacio de los locos . El lugar era un sanatorio para dementes de Francfort donde fue internada por un delirio de celos, al que seguían alteraciones de conducta y trastornos del lenguaje. El alemán descubrió que la corteza cerebral de la enferma era más estrecha de lo normal y que presentaba importantes anomalías. Aguste murió cuatro años más tarde.
Las primeras publicaciones del doctor no fueron bien recibidas por sus jefes y compañeros. Hacia 1910, por iniciativa del padre de la psiquiatría moderna, Emil Kraeplin, se decidió bautizar la nueva patología con el nombre de su descubridor.
Las causas de la plaga silenciosa de nuestro siglo, como la denominan los especialistas, son todavía desconocidas. Pero a pesar de todas las incógnitas que rodean a esta enfermedad degenerativa, lo claro es que señala el fin e indica que debemos retirarnos. Trata de hacernos ver que el objetivo de la vida no es solo vivir, es disfrutarla. Que no importa cuánto, sino cómo. Y aunque cada vez duren más nuestros cuerpos, nuestro yo (o lo que quiera que sea), se pierde. El alzheimer muestra lo equivocados que estamos al creer que lo más importante es conservar la vida. Porque lo que le da verdadero valor, es que, como todo, se acaba.

Fotografía de Aguste D.


Jaime N. dijo
El texto me ha parecido maravilloso. Muy bien escrito: "engancha", al menos a mí me ha enganchado.
El final evanescente me ha decepcionado inicialmente hasta que he visto que el artículo estaba firmado por la propia paciente de alzheimer.
29 Noviembre 2006 | 04:20 PM