¡Shhhhhhhh!...

La página en blanco invita al silencio y la reflexión... Es una suerte poder zafarse del ajetreo cotidiano, sentarse delante del ordenador y escribir: ayuda a ordenar ideas, e incluso a desarrollar otras nuevas, pero a veces da miedo. Para una mente despierta el vacío que precede al texto es sólo aparente, está cuajado de temas virtuales, pero si algo nos aturde ocurre algo bien distinto: ese mismo vacío causa vértigo, la palidez del papel descubre una vorágine de posibilidades que provoca náuseas. Emprender entonces un escrito equivale a dar un salto de fe, por mi parte, irrealizable. Es por eso que cuando escribo evito distracciones.
Sin embargo, el mundo no quiere ponérmelo fácil. Me refiero al ruido: a esa sucesión de cacofonías que me persigue de la mañana a la noche (coches, timbres lavadoras y demás...), al alboroto que suelen levantar las muchedumbres y, en general, a cualquier sonido que prefiero no escuchar (las canciones de ciertos artistas inclusive). Todos somos portadores de un discurso interno, más o menos prolífico, que conviene preservar. Si permitimos que se enturbie su redacción será más difícil, pues la escritura es pensamiento gráfico.
El ruido ralentiza el diálogo solitario en que consiste toda labor intelectual de primer grado, se interpone entre el "yo" y el "tú" interiores dificultando su acercamiento y, finalmente, lo impide. No sólo nos confunde, nos vacía. El silencio, en cambio, lubrica el engranaje de la razón favoreciendo su actividad y es, además, un espacio para el encuentro con uno mismo,lugar, por desgracia, cada vez menos transitado. Siempre que el ruido cesa se presenta una oportunidad para desarrollar libremente el pensamiento y la imaginación, pero como la intimidad se manifiesta entonces con más fuerza, y tenemos que vérnoslas a solas con nuestras dudas y temores, en ocasiones nos asustamos y huimos.
El silencio no es soportable para todos, por eso es necesario su ejercicio. Hay que aprender a enriquecerlo, a decorar su interior, hacerlo nuestro, si no puede llegar a resultarnos desagradable. El ruido, por el contrario, no exige una búsqueda, ya que se impone constantemente desde fuera. Algunas personas, sorprendentemente, parecen necesitarlo: frecuentan aglomeraciones, discotecas, hablan a gritos, no escuchan, se enquistan auriculares... Y es que el ruido, como cualquier droga, es un lenitivo que ayuda a diluir sus problemas...
Porque el silencio es un espejo en el que no quieren reflejarse.

