Paraguay: el país olvidado

Rocío tiene14 años y muy poco tiempo para jugar. Está en su clase de croché y mientras cose mira de vez en cuando al reloj de pulsera de su compañera, deseando que no lleguen nunca las 4 de la tarde. Sabe que a esa hora se acaba el colegio y que ella no podrá descansar. Ni siquiera podrá hacer los deberes. Tiene que salir con su madre a vender chipa, de colectivo en colectivo, hasta las once de la noche. Su padre murió hace tiempo. Era cantero, como casi todos los hombres de Emboscada, un pueblo situado a unos 60 km de Asunción. Gracias a las canteras en Emboscada no falta trabajo, pero picar piedra es una labor dura que endurece a los padres de familia. Ganan lo justo para comer en el día y gastan casi todo en alcohol para limar las asperezas de la ardua jornada. Por eso, a partir de las ocho de la tarde, el pueblo se convierte en un hervidero de hombres ebrios y violentos. Rocío tiene además un hermanito de cuatro años del que cuidar, pero tampoco tiene mucho tiempo para él, porque si juegan, puede que no tengan nada para la cena. De lo que sí que tiene tiempo es de imaginar, aunque no se permite fantasear muy a menudo, ya que, como ella dice: “Soy pobre y seguiré siendo pobre el resto de mi vida, porque los que pueden ayudarnos no quieren.” Lo afirma sin grandilocuencia, sin levantar siquiera la cabeza de la remera está cosiendo.
Rocío ha perdido la infancia en juegos de mayores, pero tampoco puede plantearse su futuro. Su vida se reduce al día a día, a comer un día más. No vive, sobrevive.
A pesar de la miseria del país, hay quien sí tiene esperanzas y lucha por un Paraguay mejor. Alcides Villamayor fundó un movimiento revolucionario que trabaja desde una radio comunitaria. Por los micrófonos, estos revolucionarios pacíficos denuncian la injusticia y la constante violación, por parte de los políticos, de los derechos de los paraguayos. Confiesa que nunca ha tenido miedo porque sabe que los que están en el poder “se aprovechan del pánico y la desesperación del pueblo”, “La dictadura de Stroessner dejó a los paraguayos sin ilusiones.- dice Alcides- Les robó la confianza en sí mismos. Eso se nota en todo, ya ni nosotros cuidamos nuestro país.” Y mientras dice esto señala una botella de plástico vacía que alguien ha tirado en suelo del colectivo despreocupadamente. Rueda de lado a lado entre los asientos, mientras el colectivo avanza por caminos deformes. Las puertas no se cierran y dan continuos golpes contra las paredes con el vaivén del vehículo. Todos los asientos están ocupados y el pasillo atestado de gente agarrada a las barras que cuelgan del techo. En cada parada suben, por lo menos, otras tres personas más. Las ventanillas están abiertas porque el calor es insoportable. Con cada bache del camino el colectivo salta y ruge como si estuviera a punto de estallar, y los pasajeros tratan de no empujarse demasiado unos a otros. A pesar del poco espacio, la gente intenta apelotonarse en la parte delantera. En la última fila hay una viejecita con un fuerte olor a orín que espanta a todo el mundo. Grita desconsoladamente que nadie la quiere, que nadie se acerca a hablar con ella. Es asidua a la línea 6 y pasa los días sentadas en el colectivo que hace ese trayecto. La gente la conoce y ya ni la oye. Un niño de unos doce años entra por las puertas abiertas cuando el vehículo está aún en marcha. Su voz aguda anuncia que vende chicles por un guaraní y amortigua los lamentos de la solitaria señora. Con una destreza increíble recorre el pasillo entero, reparte paquetes de chicles a quien se los pide, cobra y da cambios. Y logra que no se le caiga nada a pesar del traqueteo. Sonríe a sus clientes mostrando una hielera de dientes picados y ennegrecidos. En la siguiente parada se baja antes de que el colectivo frene, y desaparece tan ágilmente como apareció.
Cualquier viaje en Paraguay es una odisea, porque lo que debería ser un recorrido de media hora, se convierte en una travesía llena de obstáculos que dura al menos hora y media. Cuando al fin llega a Asunción, el conductor apaga los motores del montón de chatarra en el que trabaja. A lo largo del lago que bordea un extremo de la capital, se extiende un cinturón de chabolas pequeñitas. Son los barrios más pobres de la ciudad donde llega la gente del interior, del campo, que algún día tuvo esperanzas de encontrar trabajo en la urbe, pero que nunca lo consiguió. Un niño descalzo persigue a los viandantes pidiendo algo de plata para comer. Su madre, que bebe cerveza sentada a la entrada sin puerta de su caseta, ni lo mira. Solo se mueve para apartar las innumerables moscas que la rodean. Eso sí, el olor a podrido y a basura no hay quien lo aparte. Pero ya se ha acostumbrado. Las chabolas son de unos seis metros cuadrados y en ella viven unas seis personas. No hay lugar para la intimidad y los niños conviven con sus padres aunque no quieran, aunque no se salgan del metro cuadrado que les corresponde. Entre las callejuelas de menos de un metro que separan unas chabolas de otras, los chiquillos corren y gritan y las mujeres y ancianos se sientan a comentar el último suicidio o la última violación del día en el barrio. Mientras hablan, beben el tereré que guardan en un termo para conservarlo fresco y que van sirviendo en la guampa. Se pasan unos a otros la mezcla de agua fría y hierba Mate, para poder soportar mejor el calor de un invierno seco que está acabando con las cosechas del país. En las paredes de las casas hay carteles del Partido Colorado. Es época de elecciones a la intendencia de Asunción y los políticos ya han recorrido los hogares de los más necesitados. A cambio del voto les dan 50 000 guaraníes que les duran cuatro días. Luego se olvidan de ellos durante los próximos cuatro años e invierten en una piscina nueva el dinero que las ONG’s les dan para comida. Cuatro niños se revuelcan por el suelo sobre un cartón, que hace las veces de barco o de avión. O de cualquier otra cosa que no sea una reliquia de colectivo marca Mercedes, que es la marca de todos los colectivos cochambrosos del país.
De fondo se escucha la música fuerte de un anuncio del Partido Liberal. El eslogan “Juntos por una Asunción mejor”, es repetido constantemente en guaraní y español. La proclama llega desde una tele nueva, a través de una casa sin cristales en las ventanas. Seguramente, el aparato ha sido la inversión de esa pequeña fortuna que el político de turno ha pagado por comprar confianza. En las calles más céntricas de la ciudad, las pancartas inmensas muestran a los candidatos sonrientes y por cada cuatro coches que pasan, uno tiene altavoces para promocionar a los dos grandes partidos del país. En las campañas se gasta el dinero que podría servir para todo un año de alimento por familia. Arreglar una acera destrozada cuesta más o menos lo mismo que un cartel de promoción, cada escuela sin material, ve sus recursos invertidos en cinco segundos de anuncio televisivo. Ignorando el despliegue de lemas políticos que invade las calles, la gente camina entre puestos de ropa típica de Paraguay y de comida tradicional del lugar. Los vendedores son paraguayos y los compradores, también, puesto que hasta el turismo ignora a un país tan pequeño y descuidado. Los ponchos coloridos de los indígenas destacan entre las ropas raídas y grises del resto. Venden su artesanía para intentar ganarse la vida, porque los estadounidenses, respaldados por el gobierno del país, les han arrebatado sus tierras para explotarlas. Mientras tanto Paraguay decae y se sume aún más en su desdicha irreversible.


anonimo dijo
me ha encantado tu texto d paraguay jajaja ¿me conoces? ¿sabes kien soy? ¿porque yo a ti si k te conozco? Averigua...
6 Marzo 2007 | 09:40 PM